“Si estás planeando para un año, siembra arroz; si es para una década, planta árboles; si estás planeando para una vida entera, educa a una persona.”

Este proverbio chino de hace miles de años ya nos muestra el importante papel que ha desempeñado la educación en el desarrollo del niño durante toda la historia. Sin embargo, más allá de cualquier planteamiento general en torno al papel de la educación en la vida, surgen algunas cuestiones a las cuales el docente, durante el desempeño de su profesión, trata siempre de dar respuesta: ¿Cómo se puede conseguir una educación de calidad? ¿Cómo educar a una persona completa?

Los profesores, como no podía ser de otra manera, nos diferenciamos unos de otros tanto en nuestra personalidad como en nuestra manera de ejercer, delimitando así un estilo muy propio y singular de docencia. Sin embargo, si existe algo que de verdad nos une es el amor que compartimos por nuestra labor y que proyectamos cada día hacia nuestros alumnos. Para que esta proyección sea plena, debemos considerar que dentro de cada niño existe algo especial, algo único que nosotros como educadores debemos ayudar a desarrollar. En este sentido, el P. Kentenich define la Educación como “un servicio desinteresado a la vida ajena” y los educadores como personas “que aman y nunca dejan de amar”.

Resultado de ello surgen aprendizajes inspirados siempre por el amor y que conducen inevitablemente al amor. El padre Josef Kentenich lo definía como “amor pedagógico” y entendía por tal, el amor que tiene la virtud de transferir vida al educando o alumno. Sin este amor pedagógico, afirmaba el P. Kentenich, no existe educación. En este proceso de desarrollo personal, el ambiente educativo juega un papel fundamental, de manera que un “espíritu de familia” favorece el desarrollo de vínculos sanos y positivos que despiertan en nuestros alumnos los valores más elevados y que también les permiten encontrar su lugar en el mundo.

De la misma manera que afirmamos que “cada maestrillo tiene su librillo”, debemos asimismo ser conscientes de que cada alumno posee un estilo propio de aprender. Por eso es muy importante que los docentes adaptemos nuestra actuación cotidiana a las circunstancias del aula, a los intereses y necesidades de nuestros alumnos y, en definitiva, a la vida, esto es, a la vida de todos los involucrados en el proceso educativo: alumnos, docentes, Centro, padres, etc.

Es una suerte contar con un Centro dotado de una metodología propia, que además nos permite la personalización del proceso enseñanza-aprendizaje. Esto es lo que verdaderamente nos diferencia, permitiéndonos cubrir las necesidades de todos nuestros alumnos, ofertándoles una educación de calidad. Los maestros tenemos la importante misión de ayudar a formar los hombres del futuro y para ello contamos tan solo con el hoy. Debemos hacer de cada instante del hoy una ocasión sin igual para coadyuvar en la creación del mejor mañana posible. A través del amor, a través de la educación de hoy, para los hombres del mañana.

Ángela Navarro Cobos.

Tutora de 3º de E.I.

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