Feliz y santa Cuaresma! Hoy, que es el primer domingo de Cuaresma, me detenía en una frase de la primera lectura: “Y me acordaré de la Alianza que hice entre vosotros y yo...” (Gn 9, 15)

Os confieso que a mí se me enternece el corazón cuando me doy cuenta de que toda la historia de Dios con nosotros es una historia de amor, una alianza esponsal. Y es hermoso observar lo que significa la Alianza, que no es un mero contrato por el cual se intercambian propiedades, bienes, servicios, derechos y deberes... sino que es un intercambio de personas. No es que lo mío es tuyo y lo tuyo es mío, sino que en la Alianza, yo soy tuyo y tú eres mío...”vosotros seréis pueblo mío y yo seré Dios vuestro”

Como podéis ver, esto no deja a nadie indiferente, es una estocada al fondo del corazón. Y eso me gustaría que sea nuestra Cuaresma, un verdadero re-encuentro con el Amado, porque Él es fiel y siempre guarda su Alianza; somos nosotros los que en ocasiones nos dejamos vencer por las tentaciones que nos separan de sus caminos.

Es por eso que el comienzo de la primera lectura del miércoles de ceniza ha sido “¡Convertíos...!”, que es la primera palabra del ministerio de Jesús después de vencer al Demonio en el desierto, según nos narra el evangelio del primer domingo de Cuaresma. Os comparto que me he sentido internamente movido a volver mi corazón al momento en que recibí el Bautismo y la Confirmación, cuando fui lavado por el agua y el Espíritu, cuando fui inundado por un “diluvio de gracia” y Dios selló su Alianza conmigo en medio de su Iglesia. Ojalá que vosotros también lo podáis vivir así, y que sea para toda la comunidad del colegio una oportunidad para volver al amor primero. La oración nos sitúa ante la luz de Dios que conoce hasta los últimos entresijos de nuestro corazón sacándonos de nuestra autosuficiencia. Orad en todo momento, orad sin desfallecer con toda confianza”: Son los mensajes de la Iglesia que recoge la enseñanza de Cristo. Sólo quien ora retorna continuamente a su origen y se descubre amado por Dios y donado a sus hermanos los hombres. En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, nuestros pasos se dirigirían hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que “sus palabras no pasarán” (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con el que “nadie podrá quitarnos” (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.

Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, nuestra Mater, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.

Bendiciones!

P. Borja Hernando

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